Dime cómo pintas el agua

Dime qué puedo contarte. Dime que sea cual sea la respuesta que te dé seguirás. Pregúntame lo que quieras y yo te explicaré porqué. Te explicaré la voluptuosidad que siento cunado camino debajo de un crepúsculo que sumerge la ciudad en un océano naranja, amarillo, rosa y azul. Te explicaré lo fuerte que me siento cuándo el viento me intenta tumbar y no puede. Te contaré las veces que me he caído y me he quedado admirando y tocando el suelo y te las numeraré sin dedo alguno. Te volveré a explicar lo que la noche hace a mi mente. Pero sin duda, te explicaré como me siento cuando estoy a tu lado. Y te diré que eso no es suficiente para ti, porque ni siquiera me escuchas, porque necesitas algo que nadie te puede dar y que solo puedes encontrar si cierras los ojos y te miras. Y hace miedo. Todo lo bueno empieza siempre con un cofre rebosante de un humo negro llamado pánico. 


Acero y veneno

Una vez le contaron una historia sobre un universo paralelo, con un sistema solar paralelo; con un mundo humano diferente. Ese mundo había fracasado. Esos humanos habían fracasado. No supieron entenderse ellos mismos individualmente, por lo tanto no supieron relacionarse socialmente. Al principio del razonamiento humano, hablando de cuándo el arte tendría que haber empezado y el planteamiento de la vida también, guardaron lo que les hacía personas en cajas. Eran las cajas más bonitas del mundo, eran las cajas que merecían tener lo que contenían, eran cajas fuertes, cajas seguras, eran invencibles. Solo las podían manipular sus dueños; ese era el peligro. Allí metían todo lo que escapaba de su comprensión, todo aquello que les pudiera provocar miedo, todo aquello que no reconocían, todo aquello que no aceptaban.
    Esos seres dejaron de ser humanos, dejaron de sentir y por lo tanto dejaron de sobrevivir. Y sin darse cuenta fueron desapareciendo de lo vivo.
    Esas cajas se guardaban con los cadáveres de sus antiguos dueños, al morir, toda su esencia quedaba allí atrapada, todo lo que brillaba de la persona, todo lo que les hacía humanos restaba allí como había hecho durante el tiempo de vida de esos seres.
    No obstante, esa raza no se extinguió; se dividió. No era una división estricta, ya que había gente gris que se renovaba a humano, y gente humana que se rendía y se convertía en algo que no era, utilizando así la caja. En la Tierra, hay gente que se enfrenta a todo lo que existe, sabiendo que al superándolo serán aún más fuertes, divertiendose a cada reto y abriéndose a todo lo nuevo; disfrutando de los caminos desconocidos y riéndose de lo que puedan. Y otro tipo de personas que lo que hacen es pulsar el botón de automático y se dejan llevar por la corriente, porque eso es lo fácil, es lo normal, es lo que hace todo el mundo.
    Cuando no notas nada sabes que estás muerto, cuándo no piensas y te dejas llevar estas muerto sin ser consciente. La Tierra es un mundo de mentiras, el Otro es un mundo de realidades frías, pero aún así, verdades. 
    No es de esperar que exista otra raza de “humanos”; esos que pueden controlarse. Esos que saben que es necesario todo lo que sentimos, algo tan agrio como el miedo y la tristeza. Porque sin eso no haríamos la mitad de cosas de las que hacemos y no seríamos quienes en realidad estamos destinados a ser.


Un árbol desplumado y un pájaro pelado

Naces. Creces. Te encuentras en un conflicto personal. Lo superas. O no lo superas. O no te das cuenta siquiera de que esa discusión ha brotado entre tu alma y tu mente. De todas maneras, es difícil no darse cuenta. Cuando todo tu tú esta en constante ajetreo y tambaleo, la vida que llevabas hasta ahora se desequilibra. Tu mente esta en constante contacto con el exterior y el interior, cuando este intermediario recibe mensajes contradictorios llega un momento que explota. E aquí la sociedad en la que vivimos. Una sociedad dónde la gente, para ahorrarse ese tiempo de discusión interior, deja de escuchar su alma. Una sociedad que al estar desconectada de sí misma es fácil de manipular. Hay gente que llena sus vacíos comprando ropa, otra que llena sus vacíos con gente... Intentando siempre que su agujero negro, sentido o no sentido, consciente o inconscientemente, se arregle solo con la simple varita de la esperanza.




Me gustaría perderme en un bosque oscuro, dónde la luna acechara toda la noche y el sol se quedara en el horizonte durante el día, presenciando como el viento mueve las hojas de manera delicada. Dónde de los árboles más altos y gruesos cayeran hilos de ramas finas que se embarullan entre ellas. Dónde el cielo pareciera un edredón lóbrego que se desprende del espacio y cae a la Tierra. Dónde el aire del bosque estuviera cargado por una canción muda. Dónde los animales durmieran y se despertaran para observarte desde lo alto de algún tronco o desde lo bajo de algún nido escondido. 


Sopa de estrellas

Lo que pasa en tu interior cuando te despojas de esa coraza, que lo único que hace es almacenar mugre en su interior, es algo mucho más profundo e intenso que el despertar de cualquier terror arraigado. Es como si un universo colisionara con otro y como consecuencia se provocara una explosión descomunal. Te sientes libre. Te sientes tú. Sientes quién eres, y a partir de ese punto todo da un vuelco inmenso. Y lloras, o casi, porque nunca te habías sentido así de bien; cómodo contigo. Eso pasa cuándo dejas de intentar ser y pasas a ser.


 

Un tango sin pareja

Estaba en alguna calle perdida de mi ciudad; era amplia, y a la vez vacía. No había un solo coche acelerando por el asfalto, ni siquiera aparcado. En los edificios, bajos, ninguna luz estaba encendida. Lo único que mostraba que el tiempo seguía corriendo eran las plantas que rompían los cementos de los bloques y el suelo, y la brisa que bufaba cuando quería haciendo que se movieran.
     Encendí el cigarrillo, le dí una calada, y me apoyé en esa pared gastada. Sentía que mi alma se apartaba de mi cuerpo para irse a llorar sin que yo la consolara. Mi mente se reía de ella, se burlaba. La engañaba y la reducía para que no tuviera fuerza. La mente era la comandante, la que actuaba sin pensar y la que anulaba todo lo que salía del sentir. La otra se hacía una bola que cada vez tenía menos brillo; chillaba sin voz y hablaba sin palabras. La mente, ida, empezaba a creerse que ella era el alma, escapando de cualquier realidad real y cualquier sentimiento sentido. Cada vez pensaba más y menos nítido, cada vez recordaba menos y fallecía más. 
    Hasta que me dejé ir. 
    Hasta que dejé de escuchar a mi mente.
    Hasta que empecé a sentir a mi alma. 
    Entonces empecé a entender, y caí en una tormenta de emociones.



Nubes grises para el soñador

Una vez casi me caigo de mi mente. Estaba mirando a la nada y pensando en algo, cuando me di cuenta de que miraba sin mirar y que pensaba sin pensar; entonces casi me caigo. Era como si hubiera saltado desde un trampolín sin percatarme y hubiera abierto los ojos en mitad de la caída. A veces me siento atrapada dentro mío. Me encierro y me miento para esconderme detrás de una cortina oscura. Aunque de la misma forma que lo hago, no sé porqué lo hago. Sé lo que hay detrás de la cortina, pero de alguna forma mi cabeza no lo sabe. O quizás no hay cortina. Está loca. O quizás es de las más sanas y por eso hace lo que hace. Pero todos aparentamos normalidad, hasta los que están a punto de explotar. 


 

La serpiente con plumas

No tenemos ningún nombre. Saben que existimos pero no nos ponen nombre. Saben que los observamos y no se dignan a curiosear. Vivimos en las aguas de ese lugar oscuro y brillante por la noche, y dorado cuándo el sol se deshace. Vivimos en las aguas sin color alguno más que el aura del céfiro. Vivimos en los mares incomprendidos y inquietos de algo que todo ser vivo disfruta. Hacemos temblar el tiempo cuándo nos apetece, desencadenamos tormentas de hojas verdes cuando hacemos crecer los árboles hasta las estrellas; creamos cantos relucientes, amaneceres que duran días. Nos gritan los pájaros, alabándonos y glorificandonos. No somos ningún ser superior. No somos menos que los animales ni más que los humanos. Tenemos el bondadoso corazón y la instintiva supervivencia de las bestias, y tenemos todo lo que una persona posee para Ser, menos el miedo; por eso no nos dan nombre. El miedo en los seres humanos fue necesario para la supervivencia ancestral, pero homicida de las vidas que crean a tiempo de hoy. 
      Somos todos y todas. Somos lo que destruye y lo que construye. Lo que ilumina y lo que absorbe. Somos tú. Por eso nos controlas inconscientemente; porque no tenemos nombre, porque ni siquiera sabes que existimos.

 


Rojo mar y Amarillo cielo

 Cuentan que el Salón de Bourvardia —conocido por su extracción de curas medicinales que los científicos eran incapaces de explicar— fue enterrado después de la Primera Guerra Mundial, bajo el polvo, el dolor y la destrucción. Bajo todo aquello que antes daba vida. No era de esperar que los murmullos, los marujeos y las pequeñas leyendas que se hicieron con motivo al Salón fueron los cimientos que definitivamente lo sepultaron. 
    Pero solo fue ocultado de los ojos incultos y de las mentes indolentes; no desapareció. No obstante aprovechó la oportunidad para irse a otro lugar y dejarse crecer. 
    El Salón de Bourvardia crecía solo, era un Salón como el que nadie podría imaginar. El suelo principal, del cual se sostenían los maderos que aguantaban jardines enteros, era tierra húmeda adornada con flores y hierbajos hermosos. Hojas largas que crecían desde las raíces e intentaban atrapar la humedad con su bello, flores del color de los ojos de Sofía —una mezcla entre cielo despejado y cielo nocturno—, rosas amarillas, naranjas, con pinchos, sin ellos...
    En el suelo principal también vivía un árbol cuyos años crecían como si intentaras atrapar el último número existente con la mente. De su tronco tosco se caían las cortezas viejas para dar paso a las jóvenes. Sus ramas crecían y se retorcían como serpientes felices, y las hojas caían alegres, verdes y brillantes, iluminadas por una luz dorada que procedía de un cielo azul falaz. 
    En una pared había una cristalera que trepaba el Salón y lo rociaba con relumbres granates, cetrinos y azules. En otras paredes aparecían puertas y ventanas decoradas de hiedra y flores que nacían de entre las piedras claras. Y otra pared que se alejaba y crecía hacía arriba, con una escalera que le hacía compañía y unos balcones con verjas doradas que servían de diversión para los bejucos. 
    No hay que olvidarse de mencionar la luz que aquel lugar desprendía. Las flores, las hojas, los árboles...; parecían bañados en polvo de hadas. 
    ¿Y que para qué servía ese Salón? Era la entrada a una perspectiva del mundo diferente.





El dragón de tu corazón.

Estaba volviendo a enfadarse de esa manera tan suya que tiene, sé que no lo hace a malas, pero odio cuando se pone a decirme que siempre me lo dice. Odio cuando la gente me dice que esta cansada de mí. Porque siempre me lo dicen. "Siempre igual", "cuando empiezas a decir estas cosas me hartas"; en tono apagado, como si ya... Como si fuera algo tan repetitivamente molesto que ya casi lo dejan correr.
Hoy me he ido.
Estaba volviéndolo a hacer, pero no le he dado tiempo: me he ido. Y no he sentido absolutamente nada. Solo esa familiar sensación de estar atrapada.
Soy una sensible, lo sé. Y en parte es algo que odio porque en mi cabeza se exagera todo de manera abismal. 
Después le he dicho que lo sentía, porque sé que la acción de irse ha sido exagerada, pero en realidad necesitaba hacerlo porque no sabía decirle un simple: "para". 

Le canso a la gente. Me cansa la gente. Me cansan las voces, los ruidos, los estruendos, los chillidos, las risas. Me cansa tener que levantarme cada día a la misma hora. Me cansa que solo me salte el horario cuando salgo de "fiesta". Me cansa que no pueda depender plenamente de mí misma. Me cansa tener que dar explicaciones. Me cansa intentarlo cada día. Me cansa cansarme de estar aburrida. Me cansa querer hacer algo y no saber el qué. Me cansa que me juzguen y que yo lo haga también. Me cansan los ojos contentos, los tristes, los perdidos, los valientes, los amargos, los dulces. Me canso de mí. Y me canso de echarle la culpa a todo sin ni siquiera saber que pasa. 




¿Gris o Transparente?

 Ahora solo sé que hay silencio. No es un silencio normal, es un silencio que esconde cambios: aterrador, te alcanza, te retiene, y te aprisiona. Te encierra de una manera que cada vez  presiona más.
    No es frío ni cálido, simplemente es como agua templada, sale de algún lugar escondido y se filtra por todo el cuerpo. No es conocido, tampoco desconocido, es algo de lo que no te das cuenta pero a la vez si. Es algo que te pone un cristal grisáceo ante tu "yo", tu "tú", y el mundo. Un gris que te ciega sobre ti y sobre todo. Algo que te enseña y que te esconde. Es un no constante y miles "sí" sin fundamento. Algo que hace que te envenenes con lo exterior y lo interior. Algo invisible. No es tóxico. Hace que te intoxiques. 




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